Fotografía de mural en las calles del Harlem - Nueva York / Milena Carranza
Por Jesús López
9pm. Regresaba de uno de esos días de trabajo clásicos, con dolores de espalda y de cabeza, esperando que caiga la noche para poder regresar a casa y descansar tirado en la cama. Pero esa noche tenía algo especial. Lo supuse desde un primer instante. Casi un año atrás un amigo de Colombia, Daniel, me había enviado un mail adjuntando la información de que un afroamericano (que no sea el REV. Jesse Jackson) se quería postular a la presidencia de los Estados Unidos de America. "La presidencia de los Estados Unidos de America" (pensé), el cargo tal vez de más trascendencia política del mundo, en el país más poderoso del mundo y también en uno de los países con más conflictos raciales. ¿Podría este país elegir a un presidente negro? Me preguntaba. Mi respuesta, debo confesar fue siempre negativa. No cabía, dentro de mis esperanzas y perspectivas, la idea de que la gran mayoría de blancos norteamericanos eligieran a un presidente afroamericano.
No creí hasta que vi y oí el discurso del hombre de Hawai, hijo de un Luo Keniata y de una mujer blanca de Kansas. Y ahí me comencé a interesar más por su historia... y yo que había pensado que no tenía posibilidades... en fin.
Barack Obama nació y creció con el estigma común a los afrodescendientes: ser minoría dentro de una mayoría que siempre hace notar la diferencia como algo negativo. Definitivamente el amor de su familia materna (el padre lo abandonó de niño), junto a un natural carisma e inteligencia innegables, hicieron que el joven Barack asuma su rol en el mundo que le tocó vivir.
Movilizador social, defensor de los más débiles por naturaleza; él ha colocado a la lucha por los derechos de los más desfavorecidos, una forma de ver la política, pero además un ejemplo para toda persona que siendo excluida de una u otra forma, toma su papel en el mundo sin miedo, lo asume, lo encara y lo vence para conseguir lo que en siglos, pocos pudieron imaginar: el hijo de los antiguos esclavos es ahora presidente.
Movilizador social, defensor de los más débiles por naturaleza; él ha colocado a la lucha por los derechos de los más desfavorecidos, una forma de ver la política, pero además un ejemplo para toda persona que siendo excluida de una u otra forma, toma su papel en el mundo sin miedo, lo asume, lo encara y lo vence para conseguir lo que en siglos, pocos pudieron imaginar: el hijo de los antiguos esclavos es ahora presidente.
Sin embargo, Obama no es presidente por ser negro, pero el hecho de que el presidente de la nación más poderosa hoy por hoy, sea afrodescendiente, estoy seguro que nos llenará de orgullo por mucho tiempo. Tal vez ese 4 de noviembre de 2008 haya marcado un hito histórico para nosotros, un momento en el cual pudimos ver que el "Yes we can" de Obama, no era solo un mensaje para su país, sino para cualquier persona en el mundo que haya pasado por la dura experiencia de ser discriminado por su origen étnico.
Aún recuerdo a mi abuelo, diciendo que nunca quiso viajar a Norteamérica porque ahí trataban muy mal a los negros. Me hubiera gustado ver su rostro el día 4 de noviembre de 2008. Lágrimas de emoción, como las que derramamos todos nosotros, hubieran corrido por sus mejillas, lágrimas de emoción ante el hecho simbólico de ver coronado un esfuerzo de siglos (de todos los afrodescendientes) con este hecho histórico, que sin duda, marcará nuestro futuro.

